Historias nocturas de una bloguera

La noche se había echado encima y la casa estaba totalmente a oscuras. Solo había una luz, y esa era la de la mesa del ordenador donde estaba escribiendo en el blog.

Menos mal que había escrito en una libreta las ideas que había tenido en su día para una nueva entrada, sino, esa noche se hubiese quedado sin saber que contar y que decir en un medio donde la frecuencia era fundamental.

Una nueva idea surgió de su cabeza mientras escribía forzadamente con el teclado. Cogió el bolígrafo, apartó su mirada de la pantalla y la apuntó en una nueva hoja cuadriculada en blanco. La concentración se rompió de forma abrupta. El sentimiento y la realidad de soledad se habían roto. Por alguna razón giró la cabeza para mirar a través de su hombro. ¿Quien se encontraba detrás de ella?. No había nadie. Solo se veía la silueta de su espalda y cabeza proyectadas por la luz de la lámpara.

La puerta estaba abierta y la poca luz que llegaba dejaba una pequeña sombra proporcionada por el cambio de punto focal entre la lámpara y los ojos de María. Estos se centraron en esa pequeña franja de sombra que se dejaba ver. Los segundos se hicieron minutos al mirar aquella oscuridad, pero nada se movía.

El blog y la libreta garabateada le pedían a gritos que continuase escribiendo, pero en su cabeza no había más que un pensamiento. Algo, a parte de ella, desconocido y quizá imaginario se encontraba en aquella casa. No era miedosa pero por alguna razón sentió el miedo de la soledad, una soledad propia de una persona que vivía la aventura de vivir sola.

Apartó la silla sin mucha delicadeza haciendo rozar las patas contra el suelo. Durante el día algo así no era tan aparatoso, pero una noche como aquella amplificaba todo sonido que se huciese, hasta el punto de hacerlo insoportable.

La poca luz de la habitación no era capaz de inundar el pasillo y mucho menos de ayudar a percibir su arquitectura o aquella cosa que tanto la había perturbado. Pulsó el interruptor pero la bombilla de bajo consumo que había comprado esa misma mañana no se encendía. -¡Maldíta sea!-, se dijo a sí misma mientras seguía pulsando el interruptor de forma frenética. Daba igual. Esa era su casa y se la conocía de memoria. Era capaz de andar por ella sin necesidad de ver, con la única ayuda de su tacto y la prudencia.

Empezó a andar en la oscuridad del pasillo. Los pasos se sucedían lentamente hasta llegar a lo que ella creía que era una esquina. La mano la ayudó a confirmar lo que la memoria le había dicho. Todo iba bien. No había nada que temer. La luz de las farolas de la noche se atrevía a entrar por la ventana del fondo. Estaba sola y por mas que su imaginación le dijese lo contrario sabía que no era así.

Las 4 de la noche. A la mañana siguiente tenía que levantarse muy pronto y dormiría pocas horas si no acababa la entrada lo antes posible. Había que ponerse manos a la obra y no dejar que nada ni nade la molestasen en una de sus grandes pasiones y por las que mucha gente se había burlado de ella, pero le daba igual. El blog era su pasión y quien sabe si algún día fuese la forma de ganarse la vida. Un trabajo sin trabajar, todo un sueño.

Sus pasos se encaminaron hacia lo que era la luz del estudio. Ya no había nada que temer salvo al teclado y la falta de inspiración a la hora de escribir lo que tenía que ser una entrada magistral.

Los ojos se quemaron por el cambio de luz tan brusco. Poco a poco las siluetas del mobiliario se dejaron ver. Los colores iban a apareciendo como por arte de magia y la luz de la lámpara que en un principio pareció tan brillante se fue transformando en un débil punto de luz en la noche cerrada.

Una figura humana estaba sentada en la misma silla que había usado para escribir en el ordenador. Era una mujer dormida sobre el teclado, de pelo largo, oscuro, delgada y con un camiseta naranja con el nombre María escrito en su espalda. La misma camiseta, el mismo pelo y la misma complexión que ella tenía. ¿Quien era aquella mujer? y ¿que hacía vestida de la misma forma? Al acercarse se percató de que su cara tenía unos rasgos muy parecidos a los suyos, con unas cejas casi idénticas, el mismo piercing en el labio y la misma cicatriz en la frente que se había hecho cuando era pequeña. Su mirada se fijó en la pantalla del ordenador. Ahí estaba su blog, con la entrada que estaba escribiendo publicada y compartida en las redes sociales. No podía ser, aquella mujer desconocida, y con un gran parecido, le había dado al botón publicar y lo que era todavía mas asombroso había terminado el post magistralmente.

Un ruido la sobresaltó. La alarma del móvil había hecho de las suyas y no dejaba que durmiese las horas que su débil cuerpo necesitaba. Otra noche durmiendo en el teclado. No era una postura muy cómoda y si a eso añadía lo extraño de sus sueños, la falta de descanso estaba asegurada, pero merecía la pena. El blog era su pasión, su afición y quien sabe si su trabajo en un futuro. Ahora debía ir al otro trabajo, el que paga las facturas, y el que tanto quebraderos de cabeza la había originado. Debía ir cansada, pero merecía la pena ese cansancio.